lunes, 22 de noviembre de 2010

La subasta del lote 49 - Thomas Pynchon

Aprovechando que recientemente he acabado la lectura de este libro, segunda obra que leo de Thomas Pynchon, voy a hablar un poco más de lo que me hace sentir a mí el estilo de este genio loco, estilo que despierta reacciones opuestas en esa ingente masa de pares de ojos y cabezas pensantes llamada lectores. Aprovechando, digo, porque no es más que una excusa, porque de la subasta, al igual que ocurría con Vineland, la única crítica valida que se podría hacer es la lectura del libro íntegro, desde la primera letra de la primera página, hasta cerrar la contraportada y encontrarnos de repente una sipnosis que se nos antoja escasa, se mire como se mire, para resumir lo que acabamos de leer. Cualquier otra crítica, en este caso más que nunca, siempre estará contaminada por la subjetividad y el criterio del crítico.
Durante la lectura de “la subasta”, realmente he revivido esa sensación extraña, hilarante, liberadora, confusa, sorprendente, sofocante, emocionante, mezquina, gloriosa, y tantas cosas más, que sentí en la lectura de “Vineland”, pero, en esta ocasión se ha añadido una sensación más que incluso en algún momento ha actuado de catalizador de las demás: La familiaridad de haber leído a Pynchon ya antes. Porque, en la primera ocasión, desconocía lo que me esperaba, pero en esta ya sabía que no podía imaginar lo que me esperaba. Y así fue. De nuevo pareces sumergirte en un viaje alucinante donde lo mas importante no es la trama global sino, utilizando un juego del propio pynchon, el “dt”, es decir “el derilium tremens que hay en cada diferencial de tiempo”.
Lo bueno de Pynchon es que sus libros encierran varios libros; escondidos y empaquetados en diferentes capas de conciencia del lector. El libro que leas, dicho esto, depende del estado de concentración, la capacidad de retentiva y el nivel de cultura general norteamericana (y otros) que se posea. Esta característica no es exclusiva de este autor, de ello estoy seguro, pero lo impresionante y diferente es que, en cualquiera de esos estados, en todas y cada una de la capas, pynchon sigue siendo genial.
Alguien que ha acabado por convertirse en un buen amigo cibernético (no por que se trate de un androide sino por el medio a través del que es posible esa amistad) preguntó una vez: “¿Por qué leemos lo que leemos?”, y las respuestas son muchas, pero, en mi caso, me atrevería decir que una de ellas sería la necesidad de absorción y enriquecimiento de la empatía a través del punto de vista de otras personas (los escritores) o del punto de vista que alguien cree que debería tener otra persona (los personajes). La lectura de Pynchon obedece a otra necesidad. El motivo de leer a Pynchon es la necesidad de ausentarte un momento para hacer algo inesperado; es la “gamberrada”, Thomas Pynchon es a la literatura como irse a fumar un porro con los amigos es al instituto. Y al igual que un niño, o cualquier persona, necesita de vez en cuando desobedecer, dejarse llevar por una necesidad que no entiende de normas sino que atiende al placer del “poder hacer”, sin más, aunque no sea lo lógico o lo correcto, del mismo modo que necesitamos ser “humanos” la literatura necesita a Thomas Pynchon.
Como en mi anterior entrada, me voy a permitir escoger un “dt” del libro que me ha gustado especialmente.
“A principios de los años sesenta, un ejecutivo de Yoyodyne que vivía en los alrededores de Los Ángeles y que ocupaba en la casa matriz un puesto que estaba por encima del director gerente pero por debajo del vicepresidente se quedó sin trabajo a los treinta y nueve años por culpa de la automatización laboral. Como desde los siete años le habían inculcado una educación teleológica tendente a conquistar una presidencia y morir, y como se había acostumbrado a no hacer absolutamente nada, salvo estampar su nombre al pie de informes especializados de los que no entendía ni palabra y recibir broncas cuando perdía el control de los programas especializados que fracasaban por motivos especiales que tenían que explicarle pormenorizadamente, lo primero que le pasó por la cabeza, como es lógico, fue el suicidio. Pero la costumbre pudo más que él: no podía tomar una decisión sin escuchar antes las sugerencias de un comité.[/spoiler]
[…]
Estaba ya a punto de darse el chisquerazo fatal con su fiel Zippo, que le había acompañado por entre la maleza de Normandía, las Ardenas, Alemania y la Norteamérica posbélica, cuando oyó una llave en la cerradura y voces en la puerta. Eran su mujer y cierto sujeto a quien no tardó en reconocer, dado que era el experto en rendimiento de Yoyodyne por culpa del cual le habían sustituido por un IBM 7094. Intrigado por la ironía de la situación, se quedó en la cocina y permaneció a la escucha, dejando la corbata dentro de la gasolina, a modo de mecha. Por lo que pudo deducir, el experto en rendimiento quería tener comercio carnal con su mujer en la alfombra de tafilete del salón. A ella no le disgustaba la idea. El ejecutivo oyó risas lascivas, cremalleras, golpes sordos de zapatos, respiración agitada, gemidos. Sacó la corbata de la gasolina y se puso a reír con risa mal disimulada. Cerró el Zippo. «Oigo risas», dijo de pronto la mujer. «Huele a gasolina», dijo el experto en rendimiento. Entraron en la cocina cogidos de la mano y desnudos. «Estaba a punto de convertirme en bonzo», les explicó el ejecutivo. «Y ha tardado casi tres semanas en decidirse», dijo con asombro el experto en rendimiento. «¿Sabes cuánto tardaría el IBM 7094? Doce microsegundos. No me extraña que te sustituyeran.»”
Como último apunte, un deseo: que a Javier Fesser se le ocurra llevar al cine alguna obra de Pynchon.
Dejo también aquí un link a una crítica de este libro, del que, a pesar del título, he hablado poco en esta entrada, para satisfacer las carencias que ella haya dejado en aquellos que sientan curiosidad por él.

2 comentarios:

  1. También yo afronté, hace relativamente poco, la lectura de esta novela. Mis sensaciones fueron similares, algo peores (en el buen sentido) porque mi única lectura anterior del autor habían sido sus relatos de juventud y porque, como a ti, no me importa arriesgar a la hora de enfrentarme a una novela.

    (Ese amigo tuyo tan canalla es también culpable de muchos de mis males, que lo sepas: cuando quieras nos juntamos y le damos una paliza.)

    "La subasta..." me la regalaron la semana pasada. Se la recomendé a una amiga: la compró, la leyó y me la regaló. La misma edición, no otra. Y no me la dio exactamente; mas bien me la tiró a la cabeza. "Asín" de poco le gusto.

    Como no-amante del cine de Fresser ruego a dios que tus plegarias no sean escuchadas.

    Tengo pendiente una segunda lectura, tal como lo recomienda Bloom en su recopilatorio de clásicos imprescindibles entre los que incluye esta obra pero antes debo terminar "V", otra pequeña/gran locura de este endemoniado Pynchon.

    ResponderEliminar
  2. ...traigo
    sangre
    de
    la
    tarde
    herida
    en
    la
    mano
    y
    una
    vela
    de
    mi
    corazón
    para
    invitarte
    y
    darte
    este
    alma
    que
    viene
    para
    compartir
    contigo
    tu
    bello
    blog
    con
    un
    ramillete
    de
    oro
    y
    claveles
    dentro...


    desde mis
    HORAS ROTAS
    Y AULA DE PAZ


    COMPARTIENDO ILUSION
    FARDAL

    CON saludos de la luna al
    reflejarse en el mar de la
    poesía...


    AFECTUOSAMENTE


    ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE CUMBRES BORRASCOSAS, ENEMIGO A LAS PUERTAS, CACHORRO, FANTASMA DE LA OPERA, BLADE RUUNER Y CHOCOLATE.

    José
    Ramón...

    ResponderEliminar